Artículos·Opinión

Gamelab 2017: Dragones y bermudas

Creo profundamente en la constructividad de las críticas cuando el objetivo de las mismas es señalar los errores y posibles mejoras del objeto al cual se dirigen. Considero pues útil y conveniente enumerar algunos detalles, más o menos gruesos, sobre el Gamelab celebrado en Barcelona durante la última semana.

Vaya por delante que admito la importancia de que eventos como este formen parte del calendario de convenciones y ferias de prestigio relacionadas con el videojuego, que afortunadamente cada vez son más en territorio español. Reconozco el mérito de los organizadores por atraer el talento y la influencia de grandes cabezas de cartel como Richard Garriot o Fumito Ueda que, sin duda, suponen una experiencia inspiradora para todos los asistentes. Sin embargo, la asistencia de semejantes gurús no garantiza la excelencia de un evento si no se ve apoyada por temas más o menos importantes como la seguridad, la buena organización, la ubicación del evento o la visibilidad para los estudios indies.

Es evidente que nada más llegar al Hotel Hesperia Tower, una mega-estructura de vidrio y hormigón armado coronada por un restaurante-ovni, situada en el barrio de Bellvitge y a casi 20 paradas de metro del centro de Barcelona, lo primero que choca es la ausencia total de filtros para acceder a la feria. Una vez recogida la credencial de acceso a conferencias, la sensación es que podríamos haber accedido sin problemas pasando de largo y metiéndonos directamente en la sala de convenciones, y de hecho es lo que corroboran algunos medios como Akihabara blues en su recomendable (y muy critico además) artículo sobre el Gamelab 2017.

Si bien algunas de las charlas ofrecidas fueron de calado y ofrecieron información interesante a desarrolladores, diseñadores y otra gente envuelta en la indústria, considero que muchos de los ponentes tiran de piloto automático y ofrecen un contenido pobre y poco relevante para los estudios que comienzan. No veo en la mayoría de invitados ese espíritu didáctico tan necesario para los talentos que deben desarrollarse en nuestra indústria. Agradecí por ejemplo la master class de Richard Garriot y la siempre refrescante dialéctica de Rami Ismail, pero otras me supieron a poco y sólo rascaron la superfície de lo que muchos espectadores esperábamos. Creo que la organización debería poner el foco y fomentar la compartición del conocimiento, y no sólo la promoción o el simple reconocimiento de ciertas figuras. Sin ir más lejos, la entrevista a Fumito Ueda fue un fiasco de proporciones, lastrada por una traducción a tres bandas prolija y empantanada, que dió para apenas 5 o 6 preguntas.

Al pasear por la zona de muestras donde los indies enseñaban los frutos de su esfuerzo no podía dejar de preguntarme qué beneficio puede tener para ellos estar en Gamelab, cuando el evento veta por su prohibitivo precio a los consumidores de a pie. Es evidente que Gamelab está orientado a profesionales, pero también lo está Fun & Serious y en cambio fomenta que potenciales compradores puedan ver y probar los juegos antes de salir al mercado, mediante entradas a precios razonables. Recordemos que una entrada de conferencia a Gamelab 2017 costaba 230€. “No hase falta que dises nada más”. Dudo por tanto del beneficio para un indie de mostrar sus juegos en este evento, pues el retorno que puedan tener en ventas probablemente sea mínimo, salvo que consigan mediante el networking algún acuerdo beneficioso con algun publisher.

Por último, no quisiera dejar de mencionar la gala de entrega de Premios Nacionales del Videojuego, y aprovechar también para dar un pequeño tirón de orejas a las empresas de desarrollo patrias. Si queremos una indústria profesionalizada e influyente tanto a nivel local como internacional, empecemos a tomarnos en serio en esto de las galas. Si la foto que mostramos al mundo es la de un grupo de gente en bermudas, chanclas o incluso chándal (¡!) subiendo a un auditorio a recoger un premio, señores, luego no lloremos porque no los inversores no nos toman en serio o que los publishers nos tratan como a amiguetes que se juntan a picar código por las tardes después de nuestro trabajo “de verdad”. No seamos cortos de miras, profesionalizar el sector también se consigue a través de estos detalles.

 

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